Usuario:
Contraseña:
Recuperar contraseña
Categorías
Ver nuevos
Favoritos
Crear nuevo relato
¡Regístrate!
Ernesto, mi sobrino
Ernesto, mi sobrino
Escrito por
mujercita
el 1/2/2008, a las 04:10
Votos actuales:
(esperando 3 votos)
Categorías:
Amor Filial
,
Heterosexuales
Es viernes a la noche y estoy lista para irme a la cama para una solitaria sesión de sexo conmigo misma. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Tengo 42 años, soy soltera y hace más de seis meses que no estoy con un hombre. Cosas de la vida, tampoco es para dramatizar.

Me he bañado, he perfumado mi cuerpo y ahora me miro desnuda frente al espejo. No tengo feo cuerpo, mis pechos son grandes y todavía hacen suspirar a muchos, no tengo flojos los músculos del vientre ni el trasero gracias a interminables horas en el gimnasio. Mi rostro no es bello pero guarda un especial atractivo, en especial en la mirada.

Me meto en la cama y espero que mi respiración se normalice. Aún no me he tocado pero ya estoy excitada porque sé que voy a disfrutarlo, voy a tener un orgasmo que me debo hace mucho tiempo. En la mesa de noche me espera mi consolador.

Empiezo a acariciar mis pechos. Están suaves, y mis manos cálidas los recorren centímetro a centímetro, sin prisa, demorándose en llegar a los pezones que ya están erectos. Humedezco mis dedos entre mis labios, toco mis pezones, tengo un estremecimiento y dejo salir un suspiro. Disfruto mucho de tocarme los senos grandes y voluptuosos, me calienta particularmente. Allá abajo, entre mis piernas, siento que los labios de mi vagina se están hinchando y mojando.

Una de mis manos baja lentamente por mi vientre, la otra sigue sobre mis pechos. Acaricio mis muslos, por fuera y luego la parte interna. Mi respiración se acelera. Lentamente mis dedos se acercan a los labios de mi vagina, están muy hinchados y mojados. Recorro los pelitos que los rodean, tiro de ellos y exhalo el aire en un gemido mezcla de dolor, mezcla de placer. Abro un poco más las piernas.

La punta de mis dedos recorre mis labios y rozan el clítoris. Me muerdo los labios, mi excitación va en aumento. Trato de resistir todo lo posible pero no puedo más, así que me hundo un dedo en mi concha, luego dos, en seguida tres.

Con el pulgar me froto el clítoris. Estoy empapada. Meto y saco con fuerza mis dedos, simulando una penetración. Mientras pellizco mis pezones acelero los movimientos de mi mano. Nada deseo más en este momento que ser clavada por un hombre. Levanto las caderas, mis gemidos son gritos ya, el orgasmo se aproxima. Retiro mi mano sólo un instante, para probar mis jugos, y me penetro otra vez.

Entonces me volteo violentamente, quedo boca abajo sobre la palma de mi mano y me puedo frotar mejor. Me muevo como si estuviera cabalgando sobre mi pareja, mis pezones se rozan contra la cama, de a ratos empino el trasero como si esperara una penetración desde atrás.

Con la otra mano tomo el consolador y me lo entierro en la vagina, con furia. Así quiero sentirla en este momento. Es un buen aparato, grueso, idéntico a un pene de verdad, con ancha cabeza y las venas marcadas. Sostengo un ritmo rápido, de embestidas fuertes, hundiéndomelo una y otra vez. Hay un sonido como de chapoteo, mi entrepierna es un lago.

Sigo así, así, así, cada vez más fuerte, más rápido, gimiendo más... ya llega, ya llega, todo mi cuerpo se convulsiona, voy a liberar mi primer orgasmo en seis meses...

-Toc, toc, toc.

Me quedo inmóvil un segundo. ¿Fueron golpes en la puerta? -Toc, toc, toc, toc, toc.

Son golpes en la puerta, sí, cada vez más insistentes. El orgasmo se me queda atragantado, no puedo creerlo. Trato de recuperar el aliento, me pongo una bata sobre mi cuerpo transpirado, desnudo, que exige a gritos una culminación de mi gratificación sexual, y voy caminando con paso inseguro hasta la puerta.

- ¿Quién es?

- Soy yo tía, Ernesto, tu sobrino. Discúlpame que te moleste, ¿estás durmiendo?

Ernesto, 18 años, hijo de mi hermana. ¿Qué puede querer en mi casa a esta hora? ¿Habrá sucedido algo? Abro la puerta sin pensar y al ver su rostro de sorpresa me doy cuenta que está viéndome toda despeinada y enrojecida.

- Perdóname tía, ¿estás ocupada?

- No, no, para nada, pasa, ¿qué sucede? -digo tratando de alisarme los cabellos y cerrando mi bata.

- Nada... pasa que... ¡estoy borracho!

Ernesto se ríe y se le ilumina la cara. Es un chico hermoso, mi sobrino más querido, guapo como pocos y capaz de comprarme sólo con sonreír como lo hace ahora. Salgo de mi embobamiento y reparo en lo que acaba de decirme.

- ¿Borracho?

- Sí. Perdóname, no le digas nada a mis padres. Estuve con unos amigos bebiendo aquí cerca, y ahora no tengo ni para el taxi de regreso a casa. ¿Me prestarías algo de dinero? Lo miro con ternura y le acaricio el cabello.

- Claro que sí, pero será mejor que primero te tomes un café o llegarás a tu casa en estado lamentable y mi hermana no te lo perdonará.

Y aquí estamos los dos, sentados a la mesa, él tomando su café y yo cerrando mi bata que se empeña en abrirse. Pero a la tercera vez que lo descubro espiando mis pechos a través del escote ya no intento cubrirme más. Una idea perversa empieza a nacer en mi cabeza.

- ¿Y qué tal ha sido tu noche, además de la borrachera?

- Nada especial.

- Vamos, no me digas que no has estado con ninguna chica...

Hace un gesto de fastidio.

- Las chicas coquetean mucho, prometen todo y al final te dejan sin nada.

- ¿De verdad?

- De verdad. Me ha sucedido esta noche sin ir más lejos. Estuve a punto de irme a la cama con una pero al final... bueno, no sé si deba hablar en estos términos...

De modo que mi sobrino también acaba de sufrir una frustración. Puedo imaginarlo, hace apenas un instante estaba con una amiga, manoseándose, excitándose, con su pene endurecido bajo el jean ajustado y de pronto se ha quedado sin nada.

- No sabía que las chicas se comportaban así.

- Ni te imaginas lo que pueden llegar a hacer. Creo que para tener menos problemas empezaré a dedicarme a mujeres mayores.

Ernesto sonríe después de decir esa frase, como tomando conciencia que me la ha dicho a mí, una mujer mayor. Se produce un silencio incómodo. Decididamente está viendo mis pechos ahora. La idea perversa se afirma con más fuerza en mi mente. Mi concha aún está abierta y jugosa, despide un aroma fuerte, y mi cuerpo sigue reclamándome el orgasmo que le birlaron por muy poco. ¿Seré capaz?

Me escucho decir:

- Sabes Ernesto, creo que aún con el café la borrachera no se te pasa. Quizá sería mejor que por esta noche te quedes a dormir aquí o tendrás una tremenda discusión con tu madre. Yo la conozco, por algo es mi hermana.

- ¿Eso crees? La verdad es mamá que se pone pesada cuando llego en este estado, dice montones de cosas sobre que no tengo edad y así...

- Entonces no se discute más, por esta vez te quedas a dormir aquí y mañana será otro día. En mejor estado te presentas y buscas alguna explicación.

- Ok tía, muchas gracias, de verdad lamento ocasionarte tantas molestias.

- No es nada, todo sea por mi sobrino favorito.

Ernesto me regala otra de sus sonrisas, y su mirada se vuelve a posar en mi escote. La bata sigue entreabierta. Se me debe ver media teta por lo menos, quizá el pezón también si me inclino un poco más hacia adelante. Descruzo mis piernas y sube un aroma a vagina mojada. ¿Llegará a percibirlo?

- ¿Y dónde voy a dormir? ¿Hay un sillón o algo?

- Nada de eso -sonrío yo y trato de parecer natural aunque me cuesta. Mi plan sigue en marcha - Podemos dormir los dos en mi cama, es lo suficientemente ancha. ¿O vas a moverte y patearme?

Otra vez sonreímos. Me inclino hacia delante, acaricio maternalmente sus cabellos. Ahora sí, sin dudas, se me ven las tetas por completo.

Siento los pezones duros, erectos. ¿En qué terreno me estoy metiendo? Vamos hasta el dormitorio, y cuando llegamos veo el consolador sobre la cama.

Lo recojo con un gesto rápido, sin comentarios. Es seguro que lo vio, pero no dice nada. Dejo que mi sobrino elija el lado que prefiera y me encierro en el baño. Me miro ante el espejo. Mi rostro está encendido. ¿Qué locura estoy por hacer? Elijo un camisón de dormir de seda color natural, tan corto que apenas cubre mi trasero, de tirantes finos y profundo escote. Los pezones se me marcan de inmediato en la seda, mi excitación es inocultable. Decido ser más osada aún, y no me pongo tanga. Que pase lo que tenga que pasar, me digo, salgo del baño y voy hacia la cama.

La borrachera de Ernesto es real, ya está dormido, ocupando casi todo el espacio. Se ha dejado sólo el bóxer y me detengo a observar el bulto que hace su pene en reposo. Se le marcan perfectamente los testículos, el tronco y el glande. Con gran esfuerzo resisto el deseo de tocarlo.

Me acuesto a su lado, en un rinconcito de la cama, boca arriba. Mi piel se toca con la de él. Es mi sobrino, pero es un hombre, y hace meses que no siento la presencia de un hombre a mi lado en la cama. Miro su perfil en la sombra, y otra vez el bulto que asoma en su entrepierna. Estoy loca, me digo. Es un chico joven, apuesto, a pesar de sus palabras jamás pensaría en tener algo con una mujer mayor y menos si esa mujer es su tía. ¿En qué estaba pensando cuando lo invité a quedarse a dormir? Mejor olvidarlo todo.

Me duermo con un sueño intranquilo y despierto al rato. Estoy volteada sobre mi lado derecho y Ernesto imita mi posición, pegado a mí como una cuchara a otra. Algo ha cambiado además de nuestra ubicación: uno de sus brazos pasa sobre mi cuerpo, con la mano peligrosamente cerca de mis pechos, y además siento que tiene una erección descomunal. Está dormido, pero ya saben que a los hombres les suele suceder eso. Quizá tiene un sueño erótico.

De la erección no tengo dudas, otra explicación no hay para esa dureza que siento firmemente apoyada contra mi trasero. Descubro además que mi corto camisón se me ha subido un poco, de modo que Ernesto está directamente sobre mi piel.

Toda la excitación vuelve a apoderarse de mí. Me muevo lentamente, como si fuera en sueños, me froto el trasero contra el tronco de carne dura que mi sobrino guarda bajo su bóxer. Mis pechos se endurecen, mis pezones van a estallar. El cuerpo pide que le rinda cuentas por aquel orgasmo que no tuve.

Ya no me importa que sea una locura. Giro en la cama, quedo frente a Ernesto, enredo mis piernas con las suyas y mi concha mojada queda pegada contra su muslo. Me abro el escote, mis tetas libres al fin rozan contra su pecho velludo, mirando su bello rostro dormido muevo las caderas frotándome cada vez con más intensidad.

Siento oleadas de calor, como si tuviera fiebre en todo mi cuerpo. Estoy a punto de alcanzar el orgasmo cuando Ernesto abre los ojos y me mira con incredulidad. No, otra vez no. No voy a quedarme con las ganas.

Tomo su rostro con las dos manos y le doy un beso profundo recorriendo su boca con mi lengua. Él se resiste un poco al principio pero enseguida se abandona y luego responde, tomándome las caderas con las manos. Torpemente, sin dejar de besarlo, le arranco el bóxer. Soy toda calentura, nada puede detenerme ya. Le agarro la verga con la mano, está dura como piedra, la guío hacia la entrada de mi concha y me la hundo con un solo movimiento de cintura. Ahh, me quedo sin aire, llena por fin de aquello que tanto deseo.

Me trepo sobre mi sobrino y empiezo a cabalgarlo con furia, desesperada, como una poseída, clavándome una y otra vez en su verga. Le ofrezco mis pechos para que se los coma, los muerda, y él chupa mis pezones con avidez, les da golpecitos de lengua, los estira con los dientes. Yo me muevo adelante y atrás, arriba y abajo, en círculos, frotando mi clítoris contra la base de su pene. Chillando, disfrutando.

Ya no aguanto más. Ernesto lo sabe, es joven pero ya conoce la excitación que provoca en una mujer. Toma mis nalgas, las abre y cierra, las golpea con la mano abierta, vuelve a abrirlas y cerrarlas. Ese jueguito me vuelve loca y con un grito estremecido de placer libero, por fin, el orgasmo. En seguida viene otro, y otro más. Ya casi había olvidado cuántos puedo tener casi sin interrupción.

Los músculos de mi vagina se contraen, aprietan al intruso que tengo bien plantado dentro de mí, llenándome toda. Mi sobrino gime, se queda inmóvil, y se vacía con un grito. Puedo sentir sus chorros de leche directo a mi matriz, y me importa nada si me deja preñada esta noche. Al contrario, con semejante polvo sería un orgullo.

Voy descendiendo lentamente de las alturas a las que me llevaron los orgasmos y empiezo a tomar conciencia de lo que hicimos. ¡Acabo de coger con mi sobrino! Una relación completa, con penetración y eyaculación dentro de mí. ¿Es una locura? Ya no puedo mirarlo a la cara, vuelvo a ocupar mi rincón en la cama, dándole la espalda, y lo rechazo cuando viene a acariciarme. Estoy confundida pero también agotada, y me duermo. Eso sí, me duermo complacida, sintiendo en mi interior el hermoso movimiento de la leche que escurre.

Despierto a la mañana siguiente. Mi sobrino sigue junto a mí en la cama, tiene los ojos abiertos y me mira con dulzura. Tengo la impresión de que estuvo toda la noche observando mi cuerpo desnudo en reposo, y eso me halaga. Trato de decir algo pero coloca sus dedos sobre mi boca para que haga silencio. Luego los reemplaza por sus labios, y me besa tiernamente. Se acerca a mi oído y dice: -Nadie tiene nada de qué arrepentirse. Lo deseamos los dos, y lo disfrutamos los dos.

Es un sol, lo adoro. Luego se desliza en la cama y se ubica entre mis piernas. Me da un suave beso en la vagina. Saca su exquisita lengua y empieza a lamerme. Y pierdo la cabeza nuevamente.

Ernesto me chupa la concha como un experto mientras yo me retuerzo en la cama, gimiendo desesperadamente. Me mete un dedo, yo lo acompaño metiéndome otro. Su lengua no descansa. Otro de sus dedos roza mi ano, casi virgen, que muy pocos hombres han gozado.

Levanto las caderas, froto mi vagina contra su rostro. Mi sobrino toma mi mano, elige uno de mis dedos y lo dirige hacia mi ano. Sin dejar de lamerme hace que me penetre yo misma, lo mete y lo saca. Voy a morirme de placer, nunca me había pajeado el culo y ahora descubro que es maravilloso. No resisto más, y tengo otro orgasmo brutal que se lleva todas mis fuerzas.

Ernesto sube y está otra vez a mi lado. Me ofrece su boca, beso sus labios y chupo su lengua recubierta de mis jugos. Con una sonrisa pícara, me dice: -Yo ya tuve mi desayuno, y fue excelente. Ahora es tu turno.

Bajo hasta su vientre y me encuentro con su poderosa erección. Demoro un instante en observar su hermosa herramienta, que anoche me dio tanto placer. La lamo con delicadeza, recorriéndola varias veces a lo largo. Cuando está toda cubierta de mi saliva me concentro en la cabeza, le doy chuponcitos, mordisquitos suaves. Ernesto emite sonidos roncos de placer.

Empiezo a chupar. Su sabor exquisito me provoca a mamarla más y más, con mayor intensidad. Mi sobrino recoge mis largos cabellos negros, quiere verme cuando se la mamo, quiere verme con su verga en la boca. Yo lo miro a los ojos y sigo chupando. Sí mi amor, claro que sí, mírame con la boca llena de tu carne, acomodo el pene para que se vea que me abulta las mejillas, sigo mirándolo.

Aumento el ritmo de la mamada, más, más, más, Ernesto estira sus largos brazos, atrapa mi cabeza. No temas mi vida, no voy a retirarme, quiero beber hasta la última gota de tu esencia, nada deseo más que te vacíes en mi boca, la llenes de tu leche. Adoro tu verga de hombre, la mejor, la más exquisita que he probado. Te regalo la mejor mamada que te hayan hecho.

Mi sobrino grita algo y ahora sí, dispara varios chorros tibios, cremosos. Los saboreo un poco sobre la lengua y me la trago toda. Ay Ernesto, quiero ser tuya para siempre. Me deslizo en la cama, busco su abrazo. Toda mi piel está erizada, tiemblo.

- Es mejor que te vayas -le digo.

- Sí, pero regresaré.

Me pregunto si me atreveré a repetir este momento único.

Marcar como favorito
|
Enviar comentario
|
Votar:
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Categorías:
Amor Filial
,
Heterosexuales


(C) 2007 - 2010 FullCounters.com | 
Contáctenos
 | 
Política de privacidad