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Mi madre, mi enfermera favorita
Mi madre, mi enfermera favorita
Escrito por
marqueze
el 1/2/2008, a las 04:05
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Categorías:
Amor Filial
,
Heterosexuales
,
Sadomaso
Al cruzar la esquina con su ciclomotor el chico resbaló en el charco de aceite dejado por un coche, para no partirse la cara puso las manos por delante y se dejó las plantas pegadas en el duro alquitrán.

Una vez en el médico le vendaron las dos manos y le dijeron que tendría que estar cuarenta días sin poderlas usar. El chico tenía 18 años, y vivía con su hermana y con su madre, que tenía 37. El padre ya hacía tiempo que había puesto tierra de por medio dejándolos solos a los tres.

A la hora de hacer sus necesidades o lavarse era un problema por que su madre se tenía que encargar de todo, a veces la madre no estaba y si le daban ganas de hacer pis y no podía aguantarse hasta que ella volviera tenía que pedirle a la hermana que le bajara los pantalones y se la aguantara, cosa que ella hacía solícita, pues nunca había tenido antes semejante cosa entre sus manos adolescentes. Pero a la hora de bañarse obviamente necesitaba la ayuda de la mamá.

Corría el mes de agosto y hacía mucho calor. Su madre se disponía a bañarlo, ella era una mujer bonita por la que él sentía cierta natural atracción no confesada, pero que había quedado bien patente en aquellos días de íntimo contacto y una vez que la vergüenza inicial se había suavizado un poco. Ella también notaba que su niño era buen mozo, más bien alto, musculoso y bien dotado, ella por su parte era una mujer muy guapa y de tez morena, con un rostro aniñado y una mirada viva, tenía los cabellos oscuros y cortados a lo garzón. Era más bien bajita, culona y de pechos no muy grandes, pero estaba muy bien formada. Era lo que se dice una mujer muy femenina, un bomboncito vamos. Era por la mañana y estaban recién levantados, él se metió en el baño y una vez dentro llamó a su madre para que lo lavara. Ella le dijo que se pusiera de espaldas y en seguida le bajó el slip dejándole el culo al aire. Le frotó con la esponja la espalda y entre las nalgas y después le dijo que se volteara para lavarlo por delante. Le lavó el pecho y el vientre y hecho esto se agachó para enjabonarle las piernas.

Como hacía calor, llevaba ese día un camisón vaporoso y escotado y al agacharse para lavarle los muslos él podía verle claramente las tetas asomándole por el escote. Pudo notar que los pezones de su madre estaban algo picuditos, como si ella estuviera excitada, eso le provocó una ligera erección que no pudo evitar aún pensando en cosas desagradables. Aunque la cara de ella estaba a la altura de su pene no pareció fijarse en este hecho, absorta como estaba en su lavatorio. Por otra parte ya no usaba la esponja sino que frotaba los muslos de su hijo introduciendo una mano entre ellos. Dejó la limpieza del pene para el final, como ya era su costumbre y entonces advirtió que ya estaba en una posición claramente horizontal.

- ¿Qué te pasa? Le preguntó ella sin mirarle.

- Nada-, respondió él. Avergonzado.

- Bueno así no tengo que agarrarla para lavarla porque se tiene sola.

- Dijo ella mirándole con una sonrisa pícara, como queriéndole quitar hierro al asunto.

Cogió de nuevo la esponja y empezó a lavarle los huevos, que ya los tenía duritos y pegados al cuerpo. También le frotó el pene que ya estaba visiblemente tieso.

- Mira mejor paramos un rato. Voy a la cocina un momento- dijo esta vez algo molesta.

- No se que tienes hoy o en que piensas.

Él no replicó. El que su madre se fuera fue una gran idea porque él empezaba ya a notar la incómoda cosquillita que precede a la eyaculación así que se puede decir que aquella fue una sabia decisión.

A los cinco minutos volvió y a él ya se le había pasado la erección, así que su madre se dispuso a terminar la faena, le agarró otra vez el pene, le bajó el prepucio y empezó a frotarle el glande para dejárselo bien reluciente. Sin embargo tuvo la buena mujer un error de cálculo o lo que es lo mismo: había regresado demasiado pronto así que cuando él vio los deditos de ella asidos de su polla, el frotamiento, y el vaivén de sus tetas mojadas y casi descubiertas ya no pudo más y bruscamente notó las contracciones pélvicas que preceden a una eyaculación inminente y aunque puso todo su empeño en absorber hacia adentro como si su polla fuera un aspirador, no pudo evitar que un chorro de esperma caliente saliera disparado hacia la cara de su madre que extrañamente no había notado las contracciones de la polla a pesar de tenerla agarrada.

Lo recibió en pleno rostro, apartándose bruscamente hacia atrás por lo que le salpicó además de la cara, el cuello, el pelo y las tetas, como el chico llevaba casi diez días sin desfogarse porque tenía las manos vendadas aquello fue bastante espectacular.

Ella entonces sin mediar palabra dio media vuelta y se fue. Volvió al rato limpia y con un camisón nuevo, más recatado, le lavó la polla de nuevo, lo secó con la toalla y le ayudó a vestirse como si nada hubiera pasado. A él se le habían escapado dos gruesos lagrimones de los ojos.

- No llores bobo- le dijo, reconfortante, esos son cosas normales de hombres.

Una vez vestido y cuando ella se disponía a continuar las labores del hogar su hijo la llamó:

-Es que tengo pis-dijo él, que ya se quería morir.

- Mira que llegas a ser latoso, no podías haberlo hecho antes de que te lavara.

La mamá parecía querer ignorar el hecho de que después de una eyaculación siempre dan ganas de hacer pis. La verdad a veces era un poco injusta aquella mujer.

Al día siguiente su madre se sentó un momento a su lado y le habló así:

- Mira Daniel, debemos evitar que lo que pasó el otro día se repita porque es una porquería y además me das más trabajo por que te tengo que lavar dos veces. Cuando te entren ganitas de eso pues me llamas yo te alivio y así tenemos eso controlado.

- ¿Qué me alivias? ¿Pero que dices Madre? ¿Quieres decir que me vas a masturbar tú?

- ¿Por qué no hijo?, al fin y al cabo soy tu madre, no veas ninguna maldad en eso, peor es que te corras en mi cara no crees? O que manches toda la cama y los calzones. ¿No?

- Pues sí, la verdad...

- Mira tú me llamas cuando estés en el cuarto de baño como si hubieras hecho caca y yo fuera a limpiarte, así tu hermana no sospechara nada ¿Ok?

- Ok mamá, como tú digas.

- Así pues dicho y hecho.

Él la llamó al día siguiente y le dijo lo que quería. Se encerró con él en el lavabo y le bajó los calzones, le dijo que se volviera hacia el water como si fuera a mear y empezó a jalársela y cuando ya se iba a correr le empujó la polla hacia abajo con fuerza para que se corriera dentro del water, seguidamente le limpió la punta de la polla con papel higiénico y una vez hecho esto sonrió, le besó alegremente en los labios y se fue.

Así su madre se acostumbró a hacerle las pajas, pero lo que empezó siendo una necesidad acabaría convirtiéndose en amor. Fue de la siguiente manera:

Un día ella iba a salir con un novio que se había echado recientemente y que él no podía ni verlo, entonces justo antes de irse, cuando ella estaba muy elegante, con unos zapatitos de tacón que se había comprado y un traje rojo de tirantes muy finos que le sentaba de maravilla, él le dijo que sentía urgente necesidad de ser masturbado. Su novio estaba apunto de llegar, pero accedió a aliviarlo, temiendo que si se negaba recurriese a su hermana.

Pero como la hermana en ese momento se estaba bañando y tenia el cuarto de baño ocupado cogió un vaso de cristal de la cocina y le dijo a Daniel que subieran a su habitación. Cerró la puerta con el pestillo, puso el vaso en la mesilla de noche y le dijo a él que se sentara sobre la cama. Ella se puso en cuclillas, como la faldita del vestido era algo corta pues al agacharse se le recogía por encima de sus hermosos muslos morenos hasta dejar ver entre ellos el triangulito blanco de sus braguitas, cosa que a él a estas alturas le gustó bastante. Verdaderamente estaba buena aquella mamá. En esto ella le bajó los calzones y empezó a pajearlo.

- ¿Qué te pasa hoy? Tardas mucho y Juan ya debe estar al llegar...

- Es que no puedo mamá, no se por qué.

- ¿Pero que te sucede? ¿No decías que tienes ganas?

- Sí, pero es que me encuentro raro en esta habitación haciendo esto... Que bonito traje llevas hoy mamá, estás preciosa.

Entonces a la mamá se le ocurrió una brillante idea para terminar antes.

- ¿Te gusta el traje? pues no llevo nada debajo.

- Llevas las braguitas blancas

- Si, jaja, pero solo eso, en verdad no llevo ni sujetador.

- ¿No llevas?

- Mira...

Y diciendo esto deslizó uno de los tirantes de su vestido por sus hombros y uno de sus pechos quedó al descubierto.

-¿Te gusta? ¿Te ayuda esto a excitarte un poco?

La pija de Daniel empezó a levantarse rápidamente. En ese momento sonó la bocina de un coche en la calle. Ella miró hacia la ventana un momento, pero enseguida se volvió hacia su hijo, con una sonrisa en sus bonitos labios.

- ¿Té gustan mis tetas? Hoy te dejo mirármelas.

- Déjame ver la otra también.

Ella se bajó el otro tirante y quedó con las dos tetas al descubierto, estaban duras y con los dos pezones totalmente de punta. Entonces con las tetas así al descubierto siguió haciéndole la paja.

El claxon del coche sonó por segunda vez. Su hijo sin hacer caso, la besó en las mejillas con dulzura.

Ella lo miró y soltándole la polla un momento le cogió la cara entre las manos y lo besó apasionadamente en los labios.

- ¡Cariño mío! - exclamó.

Entonces ella se sentó sobre los muslos de él y agarrándose las tetas entre las manos, las acercó a la boca de su hijo...

- ¡Chúpamelas! Como cuando eras pequeño - Y él empezó a besarlas y a lamerlas.

- Te quiero mamá.

- Yo a ti te quiero más hijo mío.

En las braguitas blancas de la madre se había formado ya un cerco húmedo de color más oscuro. El seguía mamando de sus pezones cada vez con más ganas como si quisiera sacar leche de ellos otra vez y ya tenía toda la polla tiesa cuando sonó el timbre de la puerta.

- ¡Chupa, chupa hijito mío! Olvídate de ese desgraciado. ¡Yo a quien quiero es a ti y a tu polla! ¡Tu hermana está en el baño y no puede abrirte la puerta así que no te preocupes y no te detengas!

Mientras que el timbre seguía sonando ella se arrancó las bragas se puso de frente a su hijo abrió sus muslos y agarrándole su dura polla se la introdujo en el coño con cuidado de no hacerle daño. Una vez estuvo bien clavada empezó a columpiarse frenéticamente sobre ella arriba y abajo. Y mientras el hijo la besaba por toda la cara y la abrazaba como podía con sus dos manos vendadas.

- ¡Te quiero! ¡Te quiero amor mío! ¡Fóllame más! ¡Más, más! ¡No pares ahora cariño!

De repente temiendo que se fuera a quedar embarazada de su propio hijo se sacó la polla del coño y cogió el vaso de la mesilla de noche y arrodillándose en el suelo puso la polla dentro del vaso para que eyaculara sin manchar nada, pero en ese justo momento se le ocurrió algo mucho mejor, tomó el pollón reluciente y pringoso de su hijo y se lo metió en la boca mamándolo con fruición hasta que notó como su hijo explotaba en su boca en una ola de baboso y caliente semen que le pareció el más rico que hubiera nunca probado. Se tragó todo él que pudo y el resto lo escupió dentro el vaso.

Enrique ya hacía tiempo que se había largado.

- ¡Que dulce licor!

Pensó ella, que no contenta con todo aquello volvió a la carga limpiándole los restos de semen con la boca hasta dejarle reluciente, de paso le lamió también los huevos. Hecho esto se levantó y le comió la boca a su hijo metiéndole la lengua hasta la garganta por lo que él conoció el gusto de su propio semen. Y entonces ella notó como también se corría en un maravilloso orgasmo, dio un fuerte suspiro y quedaron los dos abrazados y tendidos sobre la cama llenos de felicidad. Al poco el hijo le preguntó si la hermana ya había terminado de bañarse porque le habían dado ganas de hacer pis. De repente recordó que guardaba una escupidera debajo de la cama.

- Anda, mea aquí mismo - Le dijo.

Así lo hizo, pero como todavía estaba más salida que una perra cuando vio salir el chorro amarillo de pipí saliendo del agujerito de aquel pene, no pudo resistir la tentación y se metió entero en la boca bebiéndose los calientes meados de Daniel que le parecieron poco menos que néctar de los dioses.

Daniel estaba alucinado y en el séptimo cielo de ver que su madre no solo estaba buena sino que además de eso era una verdadera zorra caliente como pocas hay en este mundo.

- A partir de ahora hijo mío - le dijo ya totalmente fuera de si- cada vez que tengas ganas de lo que sea te lo haces encima mío o en mi boca, así terminamos antes.

- Que burra eres mamá.

- ¿Pero que dices? Mira, escúchame, cada vez que tengas ganas de correrte, de mear o hasta de cagar quiero que te lo hagas en mi boca, en mi puta boca. ¿Lo entiendes? En la boca de la puta asquerosa de tu madre. Lo quiero todo amor mío, dulzura mía quiero comérmelo todo, alimentarme de ti, de tus porquerías. Te amo ¿lo entiendes? ¿Lo entiendes hijo de puta?

- ¡Si!

Y aclarado este punto, su madre se levantó el vestido que ya estaba encharcado y se tumbó sobre la cama con las patas abiertas de par en par.

- Ahora chúpame tú el coño a mí.

A Daniel el sabor y el olor del coño su madre le pareció algo exquisito porque nunca antes se había comido ninguno. También le chupó el ojo del culo que por aquel entonces aún lo tenía tan apretado como el de una niñita de diez años. Hasta que a él se le puso gorda de nuevo y se la folló en la postura del misionero, pero metiéndosela esta vez por todo el ojete para no dejarla preñada. A ella le dolió una barbaridad y hasta sangró un poco, pero le dio igual. Así acabaron los dos follando cara a cara hasta que estallaron gritando de placer sin importarles demasiado si alguien se enteraba o no de lo que estaban haciendo.

A partir de ese día se convirtieron en amantes, siempre a espaldas de su hermana claro. Y fueron los mejores amantes del mundo. Porque al romper el tabú del incesto entre madre e hijo, que es el tabú más grande que existe, romper todos los demás tabúes les pareció pan comido. Así que se entregaron de lleno a todas las perversiones imaginables.

Sin entrar en detalles escabrosos sólo decir que a veces Daniel se follaba a su madre por el coño, pero la mayoría de las veces prefería follársela por el culo por aquello de evitar embarazos indeseados. Aunque de todos modos siempre hubiera estado disponible el pánfilo de Enrique para hacerse cargo del desaguisado, pero no fue ese el caso y madre e hijo fueron muy felices y sin problemas para siempre, o al menos durante bastante tiempo. ¡Y es que la de cosas que se pueden hacer sin usar las manos!

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