Tan pronto descendimos del automóvil y sin darnos tiempo para recoger las maletas, corrí como endiablada para ocultarme tras la más grande de las matas de hortensia. Ese era el juego que hacíamos todos los años. Mi hermano tendría que encontrarme si no quería ser blanco de mis burlas.Cuando percibí que Sergio estaba a pocos pasos de mi escondite, corrí desesperada entre los árboles sin poder evitar que me diese alcance bajo el más frondoso de los aromos y amarrándome por la cintura me tendió sobre la hierba en medio de mis risas mezcladas con protestas. Pero él ya estaba sobre mí y me tenía inmovilizada. Se había cumplido el rito, pero esta vez era diferente.Ahora mi hermano no huyó para que yo lo persiguiera, sino que permaneció sobre mí apretándome con su cuerpo y metiendo una de sus piernas entre las mías. Mis pechos duros e insolentes hacían un movimiento de subir y bajar y yo percibía además de los músculos de sus piernas la robusta presencia de su verga dura y dilatada sobre mi vientre. Yo percibía a un hombre de 20 años y él seguramente a una hembra un año mayor. Toda había cambiado.Ni los arrumacos de mamá, ni la narración de todos los sucesos acaecidos en nuestra larga ausencia de dos años, lograron borrar de mi mente la percepción física que yo había tenido de mi hermano esa mañana en el jardín. Él parecía no haberse dado cuenta de los cambios o al menos del impacto que había producido en mí. Todas las fantasías que noche a noche intercambiábamos entre murmullos con mis compañeras de colegio, tenían de pronto un referente real y concreto que estaba todo el día para mi, por cuanto estábamos los tres solos en la casa de campo y eso era lo que mi madre quería para nuestras vacaciones.No había necesidad alguna que yo lo espiara, o me ocultara para observarlo porque entre los dos había una confianza sin límites y ningún pudor. Así nos habían educado. Nuestros cuartos estaban contiguos y yo entraba en el suyo y él en el mío sin cuidado alguno. Al menos eso nos permitíamos mutuamente. Sin embargo ahora las cosas parecían diferentes, al menos para mí.Mi madre había acusado el impacto de nuestros cambios. Aunque aún nos trataba como si fuésemos sus dos chiquitines, no paraba de decirnos cuan complacida estaba de darse cuenta que ya éramos un hombre y una mujer y sobre todo hermosos. Yo nunca he sabido si en realidad lo somos o si era una visión sesgada de madre orgullosa. Eso si que mi madre era linda y yo trataba en lo posible de parecerme a ella. La encontraba una mujer fascinante o quien sus dos lejanas maternidades no habían hecho sino embellecerla dando como resultado una hembra madura, inquietante y atractiva.Y habrían de ocurrirnos tantas cosas que dos años atrás casi no hubiesen tenido significado y que ahora casi me demolían con cada impacto. Yo todo quería compartirlo con mi madre porque entendía que debíamos hablar ahora como mujeres maduras, tan diferentes a mis insulsas compañeras de colegio. Era nuestra costumbre que cada noche antes de dormirme, me iba un momento al cuarto de mamá y me metía en su cama para contarle mis cosas y vaya si ahora tenía algo que contarle. Atropellando mis palabras, como si quisiera liberarme de una inquietud, le contaba esa noche lo que me había pasado con mi hermano al ir a bañarnos en el río.Como había sido que después de nadar hasta rendirnos y cuando nos disponíamos a volver Sergio, se había sacado su pequeño traje de baño y lleno de risas me había mostrado su pene descomunal diciendo que me había guardado ese regalo para mi. Yo entendía que era una broma, pero no podía separar mi vista de ese colgajo de carne gruesa y morena que él fue haciendo crecer ante mis ojos hasta transformarlo a un tamaño descomunal.Después de esta confesión ardiente que pareció aumentar el grado de confianza entre mi madre y yo, ambas nos quedamos en silencio hasta que yo me marche a mi cuarto.Una curiosidad abrasadora me había invadido ante los hechos que narro, pero si bien mi deseo más ardiente era poder contemplar de nuevo la maravilla de Sergio, no me atrevía a pedirle ni insinuarle nada pues sabía muy bien que estaba jugando con fuego y no quería despertar una hoguera que podría terminar por consumirnos a los dos. Fue así como esperaba que la suerte me brindara la oportunidad de volver a entrar en ese tipo de contacto con mi hermano y la oportunidad vino a mi la mañana siguiente.Venía yo saliendo de la ducha cuando al entrar en mi cuarto me encontré de frente con mi hermano que tendido sobre mi cama vistiendo únicamente el pantalón de su corto pijama me apuntaba con su poderoso mástil. La verdad es que quedé paralizada pues ahora, sin dejar de reír, me dijo que quería mostrarme algo, que me acercara. No tenía necesidad de decirme nada porque yo caminaba hacia él como hipnotizada por esa visión. Tan maravillada estaba que sin darme cuenta dejé caer la toalla que me cubría y le presenté toda mi novedosa desnudez.Sergio pareció acusar el impacto puesto que dejó de reír y pude observar, como sin dejar de agitar su polla de la que parecía estar tan orgulloso, no separaba sus ojos de mis pechos grandiosos y sobre todo de mis pezones morenos, grandes y dilatados que al parecer eran el objeto de toda su curiosidad. Yo traté de cubrirme un poco mi sexo negro con mis manos pero eso pareció excitarlo aun más puesto que sin dejar de mirarme accionó con su mano sobre su mástil haciendo surgir una cabeza roja, brillante y húmeda que se transformó en ese momento en lo más soberbio que yo hubiese visto.Yo quería decir algo, pero no se me ocurría nada. Solamente sabía que algo tendría que decir para encausar por algún lado la comprometedora escena pues esto ya no parecía ser un juego sino una conducta plenamente intencionada y entonces le dije una frase ridícula.- Y para que te sirve eso, querido hermanito?Sergio pareció estar esperando una pregunta así porque dibujando en su rostro una sonrisa maléfica, respondió- Date vuelta hermanita... date vuelta... ya podrás ver...Como obedeciendo a una orden que no quisiera ignorar, giré lentamente mi desnudez sin saber lo que esperaba y entonces comenzó un silencio en medio del cual se desarrolló la experiencia más perturbadora que hubiera vivido hasta ese momento. Yo me había acercado hasta las cortinas de mi cuarto como para envolverme en ellas, como si quisiera ocultarme de mi propia audacia, cuando sentí que Sergio acariciaba mis caderas con su polla. El contacto de esa maravilla desencadenó en mí una sensación de placer inefable.Era de una suavidad conmovedora que se fue acrecentando a medida que él me acariciaba en todo el contornó de mis caderas, recorría mis nalgas y descendía por los costados de mis muslos como para que yo reconociera sus dimensiones y su consistencia. Sentía el aliento caliente de mi hermano sobre mi cuello y mis hombros mientras trataba de empaparme con la textura de su pene. No sabía que esperar, podría haber sucedido cualquier cosa, hasta las más audaces, porque yo estaba en un estado de arrobamiento completo.Creí que sucedería cuando sentí sus manos englobando mis pechos duros y ardientes al paso que la presencia de su fierro se apoderaba de la hendidura ardiente entre mis nalgas.Ahora sabía por primera vez lo que era la excitación erótica real. No el producto de fantasías o evocaciones sino la realidad dura y caliente del contacto con la piel desnuda de un hombre frente a la cual te doblas como una flor incendiada. Pero no sabía que esa sensación maravillosa estaba solamente en sus inicios. Lo supe cuando un líquido ardiente comenzó a derramarse en la curva de mis caderas y cuando sus manos descendieron para esparcirlo por mi espalda y por mi vientre. Entonces me di vuelta y lo vi.Parecía un Dios pagano blandiendo su polla hermosa de cuyo extremo salía ese chorro impresionante caliente y dorado que ahora me azotaba violentamente el vientre derramándose por mi sexo, empapando mis pelos negros inexplorados, derramándose por mis muslos que yo apretaba el uno contra el otro para formar un hermoso canal natural a su río candente.Y entonces me hice plena participe de la ceremonia y haciendo una fuente con mis manos recibí el líquido que no dejaba de manar y lo esparcí por mis pechos, por mis pezones, por mi rostro para sentir su calor y empaparme de su aroma de macho nuevo y desbocado y fue en ese momento que haciendo un esfuerzo natural hice estallar mi sexo desde cuyo centro brotó mi propio chorro quemante, ese que nunca había significado nada para mi y que ahora sentía como el más secreto tributo de mi intimidad intocada y con el cual empapé su palo duro en toda su extensión.Llevada de un impulso protagónico ahora había impulsado a Sergio desde los hombros para insinuarle que se tendiera en el suelo y cuando lo hizo me alcé sobre el separando mis piernas y comencé a regarle con mi liquido de oro, su pecho, su cuello, su rostro, su vientre, su sexo y sus caderas porque yo no dejaba de manar como si hubiese estado desde años juntando ese líquido para el hasta que las últimas gotas brotaron de mi sexo y haciendo esfuerzos logré emitir aun algunas cortas descargas que cayeron sobre su labios entreabiertos. Cuando todo terminó, después de un silencio breve, estallamos simultáneamente en una risa alegre y diabólica que era como el sello de un trato que habíamos hecho en ese momento.Esa noche le conté a mi madre esa experiencia impactante. Lo hice aunque he de admitir que con las horas se había desarrollado en mi un poco de vergüenza. No sabía si cometiese un error al contarle, por cuanto si ella desaprobaba eso de plano seguramente nos vigilaría y yo no quería perder ese mundo maravilloso que había descubierto. Pero al mismo tiempo estaba un poco orgullosa de haber participado en algo que yo consideraba perteneciente a un mundo privado de adultos definitivos.Mi madre estaba sentada frente al espejo retirándose el poquísimo maquillaje que habitualmente usaba. Su corto camisón le cubría muy poco las nalgas dejando al descubierto sus muslos maravillosos que yo estaba tan feliz de haber reproducido fielmente en mi cuerpo.Cuando inicié mi narración sonreía graciosamente, pero a medida que fui avanzando en el relato se había sumido en un silencio que solamente interrumpía con algunos cortos murmullos de aprobación con los cuales me indicaba que continuara contándole.Ella ya había terminado de retirar su maquillaje, pero seguía sentada frente al espejo y cuando yo terminé de narrarle la parte final de la sesión con mi hermano pude ver, a través del espejo, su rostro encendido, sus ojos brillosos y la respiración agitada que hacia subir sus pechos hasta casi deslizarse fuera de la diáfana tela transparente que los cubría a duras penas. Entonces de dio vuelta hacia mí y me di cuenta que la mujer estaba excitada con mi relato.Aparte de las evidentes señales de su rostro había otros dos detalles que me conmovieron particularmente porque de alguna manera yo también los estaba mostrando. Sus pezones habían salido francamente desde el contorno de su camisón y me apuntaban alegres, morenos, rutilantes duros y enhiestos de una manera conmovedora, mientras en el centro de sus muslos su pequeño calzón blanco mostraba una delatora mancha húmeda que me hizo evocar mi propio sexo.Mi madre ya no reía, pero si estaba afable y comunicativa.Me dijo que entendía perfectamente el juego que estábamos realizando con mi hermano, que ella sabía la fuerza que tenía la atracción sexual y como tanto la mujer como el hombre eran capaces de entregarse a ella sin negarse nada. Por eso mismo, me dijo, tienes que tener cuidado porque a veces no es posible evitar el contacto completo que en este caso sería peligroso.Como estábamos en un grado de confianza ilimitado y las dos nos percibíamos mutuamente adentradas en la excitación, me atreví a decirle que si, que realmente yo había deseado a Sergio y que si él me lo hubiese pedido yo me habría entregado plenamente porque no era capaz de dominar mi calentura. Entonces mi madre se puso de pie y me dijo mirándome con dulzura, pero resuelta.- Tienes que evitarlo Violeta... tienes que evitarlo.Yo le respondí que haría lo posible, pero que no veía como podría aplacar yo un deseo que parecía apoderarse plenamente de mí y que latía en mi interior con intensidad creciente.Entonces la mujer caminó decidida hacia el hermoso armario que adornaba su dormitorio. Abrió una de sus puertas y sacó desde allí algo que en ese momento no percibí porque estaba extasiada contemplando la figura rutilante de esa mujer hermosa y admirada. Ella ahora estaba frente a mí sin dejar de sonreír, y como para dar mayor impacto al momento que me dedicaba plenamente se sacó su pequeño camisón y quedando ante mis ojos totalmente desnuda.Yo nunca había visto una mujer más seductora que aquella, sus muslos perfectos dibujaban un precioso triangulo negro de vellos ensortijados, sus caderas maduras, plácidas y sugerentes, sus pechos plenos seductores y su rostro hermoso. Ahora como mujer podía apreciar que mi madre era de una belleza infernalmente cegadora.Entonces fue separando levemente sus muslos y en ese momento me di cuenta que sostenía en su mano un vibrador de aquellos que yo solamente había visto en revistas. Era rosado y brillante, de un tamaño que en ese momento me pareció exagerado y temible. Lo mantenía a la altura de su rostro y mientras yo, paralizada por la sorpresa, trataba de forzar una sonrisa imitando la suya, ella acariciaba suavemente sus mejillas con el sugerente aparato mientras daba un leve y sensual movimiento de balanceo a sus caderas.Luego sin decir nada, como en un baile diabólico, fue bajando lentamente su mano derecha, se detuvo en sus pechos para acariciar sus pezones con la punta del vibrador, que ahora emitía un zumbido suave, apagado y confidente, lo paso por sus caderas, por su vientre, por el borde interno de sus muslos separados y por fin dándole una inclinación adecuada comenzó a introducirlo en su sexo con movimientos muy lentos pero sin detenerse en momento alguno.Yo debí reconocer que lo que estaba presenciando era lejos lo más erótico que había visto en mis veinte años y que ahora mi sexo latía desesperado, como si fuese justamente mi sexo el que estaba siendo penetrado en esta sugerente ceremonia. De una forma gloriosa ella fue metiendo el precioso tesoro en sus profundidades, calmadamente y sin pausa. Ante mi calenturiento asombro el aparato desapareció por completo entre los vellos pubianos de la mujer mientras ella levantaba la vista al cielo como para fugarse en la cúspide y parecía cubrir con la palma de su mano la entrada de su vagina ardiente para impedir que su erótica presa la abandonase.El balanceo de su cuerpo se había hecho más intenso y movía su hermoso trasero como si quisiera liberarse del aparato que se había apoderado de sus profundidades. Retiró en ese momento su mano de la entrada y la base del vibrador emergió de entre sus labios intensamente rozados y fue apareciendo poco a poco con una lentitud que me hacía enloquecer hasta salir completamente mojado por sus abundantes secreciones. Cuando acabó de salir, allí frente a mis ojos se me aparecieron los hermosos labios húmedos de la mujer, cubiertos de una película líquida brillante y viscosa, que se me presentaba de una sensualidad impactante como una atrayente boca deliciosa que me hubiese atrevido a besar mil veces.Cuando ese ardiente pensamiento se me cruzaba por la mente, mi madre me acercó el vibrador humedecido. Lo retuve en mi mano casi con respeto. Estaba mojado y aún caliente con la intimidad de sus profundidades. Ella con su mirada ardiente me estaba diciendo lo que tenia que hacer.Yo no sabía en ese momento si yo era virgen o no. Años atrás había tenido unos extraños juegos nocturnos en el internado que no recordaba bien y otras veces en mis noches ardientes de fantasías me parecía haberme introducido un par de dedos temblorosos de deseo, pero frente a eso lo que quería hacer ahora era nada comparable.Ella se acercó a mí y me acarició el cabello al tiempo que sentía su sexo poblado acariciando suavemente mis nalgas y entonces comencé a introducirme el vibrador plena de ansiedades contenidas, con mi sexo temblando de deseo y acariciada por esa mujer que me había sumergido en la más maravillosa y excitante de las intimidades. La entrada fue apretada dura y suave. Trataba de moverme de la forma como ella lo había hecho y de pronto sentí una descarga de placer proveniente desde el fondo de mi que pareció separar mi cuerpo en dos mitades y bajo la presión de mi mano el intruso penetró de golpe hasta la dureza extraña de mi fondo.Me fui doblando de placer entre los brazos de la mujer que me llenaba la cara de besos mientras todas mis cavidades se llenaban de un líquido caliente y denso que a los pocos momentos se deslizaba por mis muslos acariciados por sus manos ardientes. Por fin, desnudas, abrazadas y palpitantes cubríamos de besos a nuestro común torturador aun caliente. Entonces nos escuchamos reír, primero casi ahogadamente, luego con alegría y al final liberadas. Éramos dos mujeres satisfechas y felices unidas ahora por insondables y secretas vivencias.Al día siguiente noté que una feliz y extraña relación se había establecido con mi madre. Éramos las mismas personas pero nuestra conducta había cambiado sutilmente. Estaba llena de miradas, de gestos y de palabras cuyo significado solamente veíamos las dos. Me parecía estar siempre acompañada por ella aunque estuviese sola y trataba de adivinar que seria lo que ella pensaba de cada cosa que me pasaba. Sentía que ella quería compartirlo todo conmigo y esa sensación era la misma que me embargaba. Querría haberle contado todo a mi hermano pero encontraba que aun no era el momento o que quizás seria mejor que guardáramos silencio.Esa tarde salimos de compras con mamá y fue una experiencia extraordinaria. Pareceríamos de la misma edad. No era que ella se comportara como más joven ni que yo estuviese llegando a su forma de comportamiento. Era algo distinto, nuevo y agradable: Era algo así como si las dos hubiéramos acercado nuestras edades para fundirnos en una especie de madurez maravillosa en la cual sentíamos todo en la misma forma. Teníamos casi el mismo cuerpo, la misma talla de ropa, salvo que ella tenía los pechos un poco más grandes que los míos. Nos gustaban las mismas comidas, los mismos tragos, los mismos lugares.Conscientes de nuestros juegos privados nos reíamos en forma contenida mirando los objetos que tenían una forma parecida al vibrador haciéndonos, en medio de la gente, una serie de bromas intimas y pecadoras usando palabras que solamente las dos sabíamos a que se referían. Hasta que terminamos desternilladas de la risa mirando en el supermercado unos plátanos amarillos gigantescos y dorados cuya punta roma apuntaba a nosotras y mientras tomábamos un café nos confesamos que estábamos descabelladamente excitadas con la visión de esas frutas eróticas.De pronto mi madre me pregunta si yo aún sentía esos deseos sexuales intensos por mi hermano y yo le respondí sin vacilar que efectivamente era así. Que si bien el juego con el vibrador lograba calmar mis excitaciones superficiales, la verdad era que generalmente en medio de la noche despertaba excitada y con unas ganas locas de ir a su cama. Mi madre no se conmovió con eso y simplemente me dijo que lo mejor habría de ser que yo me fuera a su cuarto, que allí podríamos perfectamente acomodarnos las dos y de ese modo evitaríamos cualquier peligro.Así fue como desde esa noche mi mamá y yo teníamos el mismo cuarto. A Sergio esto no le llamó la atención para nada porque muchas veces yo dormía desde antes en el cuarto de mi madre.Pero esa noche yo me metí en su cama como lo hacía habitualmente tan solo que ahora yo sabía que no me iría a mi cuarto y pasaría la noche completa junto a mi madre.Fue a la medianoche o quizás más tarde cuando desperté sudorosa y agitada. Habíamos jugado largo rato con el vibrador y pensé que ambas estaríamos agotadas, pero yo estaba extrañamente despierta. Me daba vueltas sin tratar de buscar explicación mi insomnio porque lo tenía muy claro, más aún cuando mi madre me habló.- ¿Lo estás deseando verdad?Nada sacaba yo con negarlo. Ambas lo sabíamos de modo que no respondí sino que fue ella quien volvió a hablar.- No es nada raro - me dijo - Yo también lo estoy deseando.Ahora todos los elementos de la realidad estaban a la vista. Mi madre encendió la luz del velador y se acercó aún más a mí. Sentí su cuerpo desnudo drásticamente apegado al mío. Estaba extrañamente hermosa. Me hablo con voz segura y cálida. Me contó que desde su separación no había tenido hombre alguno, que rara vez había sentido la necesidad de ello, que se había consolado muy pocas veces con el vibrador y que sentía vivir un hermoso equilibrio hasta que nosotros llegamos. Me describió la extraña sensación que la había invadido al vernos convertidos en hombre y mujer por obra y gracia de esa madurez que parecía habernos invadido durante los dos años de ausencia.Me dijo que había tratado de asimilar esa sensación para ella misma, pero cuando yo le había contado mis experiencias con Sergio se había dado cuenta que había algo definitivo en el ambiente y que no podría luchar contra eso porque su cuerpo entero había despertado reclamando por esa soledad en que ella misma lo había sumergido. Me dijo que había tratado de evitar un encuentro entre sus dos hijos pero que se había dado cuenta que era imposible pues conocía de donde venia la inclinación de ambos y entendió que no tenia sino la alternativa de unirse a nosotros.En ese momento percibí que habían caído todos los telones y que se habían derribado todas las barreras y estábamos allí las dos mujeres ante una realidad inevitable que ambas queríamos enfrentar sin dobleces.Me abracé a ella y nuestros cuerpos desnudos entrelazados se fueron deslizando bajo la tenue sabana de verano y nos fuimos acomodando para iniciar la larga conversación que nos tendría despierta toda la noche.Ya no teníamos secretos ni barreras. Comenzamos a acariciarnos con calma demorando cada momento, disfrutando cada parte de nuestro cuerpo caliente, besándonos con delicadeza, brindándonos todas las curvas, todos los montes, todos los rincones, descubriendo todos nuestras cavidades ardientes entregando nuestros territorios a nuestras lenguas ansiosas y recibiendo todos nuestros orgasmos sin negarnos nada.Y entonces, en el reposo, después de los supremos placeres, recostado mi rostro entre sus pechos divinos nos dimos a conversar sobre lo que haríamos al día siguiente con Sergio.Mi madre tenia experiencia y deseos claros y yo me fui iluminando con ellos. Lo abordaríamos de la manera más suave y seductora, no queríamos violentarnos, no deseábamos que se diera cuenta que éramos dos hembras en celo desbocadas por la premura de la posesión del macho más maravilloso. No queríamos que se diese cuenta que estábamos desesperadas por cubrir de besos su verga monumental, de recorrerla con nuestras lenguas, para desnudar su cabeza deslizando con nuestros besos la piel que la cubría.Lo haríamos delicadamente, mientras una lamía la base de su maravilloso instrumento la otra encerraría su cabeza ardiente en su boca y luego nos alternaríamos y recorreríamos su longitud con ternura desde abajo hacia arriba hasta encontrarnos en el extremo donde nos besaríamos locamente. Llenaríamos su boca de pezones tensos de pasión para que mordiera y chupara y mamara mientras sus manos ansiosas jugarían con nuestros globos suaves y densos haciendo realidad la fantasía mayor de todo macho, la posesión simultanea de dos hembras, la gloria del deseo.Cada una de nosotras inventaba las caricias más descabelladas y ardientes y la otra las modificaba para agregarle el detalle que las hacia aun más impactante de modo que nuestras mentes ardían en medio de un torrente de creatividad erótica descomunal. Pero cuando amaneció no estábamos cansadas sino plenas de fuerza desconocida, como si la pasión nos hubiese insuflado una dosis suplementaria de energía para hacer realidad ese destino que nos había invadido el cuerpo y que habría de cumplirse sin posibilidad de regreso.La mañana nos encontró en la tarea de embellecernos para la jornada. Mirándola yo pensé que mi madre no necesitaba arreglo alguno. Era la mujer más violentamente seductora que yo conocía. Su cuerpo entero parecía de un atractivo diabólico que aun ejercía su efecto sobre mí. Nos perfumamos levemente porque no queríamos enmascarar ese perfume de hembra dispuesta al sexo que nos percibíamos y con el cual queríamos envolver a nuestro macho.Preparamos la bandeja con el desayuno y entramos en el cuarto de Sergio. Con la bandeja en sus manos mi madre se inclinó sobre la cama para besar a su hijo y en ese momento el pudo ver sus tetas maravillosas oscilando cerca de su rostro y sin ninguna inhibición se las acarició como habitualmente solía hacerlo por sobre la ropa, tan solo que ahora las tenía en su poder palpitantes de deseo. En ese momento me di cuenta que las cosas avanzarían con mayor rapidez de lo que esperábamos entonces retire la bandeja poniéndola sobre la mesa de velador y cuando me volví pude ver que mi madre llenaba el rostro de Sergio con la suavidad de sus pechos y el muchacho deslizaba el tenue camisón de la mujer para abrazarla desnuda entre sus brazos.Ahora ella se había dejada invadir por el deseo contenido de años y terminó de sacarse la prenda para quedar con su cuerpo desnudo mientras mi hermano acariciaba sus nalgas preciosas y parecía mamar con desesperación. Las manos de la mujer buscaban con sabiduría entre las piernas del hombre joven y tenso y cuando encontró su tesoro se apartó del muchacho para observarlo mejor. Jamás había visto yo en parte alguna unos ojos con lujuria más evidente que los de mi madre mirando la gigantesca verga de mi hermano.La agitaba levemente con su mano mientras se acariciaba una de sus tetas casi hasta el dolor. El muchacho abrazado por el deseo se dejaba hacer sin resistencia alguna.Entonces ella separa sus muslos hermosos, suaves y ligeramente perlados en su base por pequeñas gotas brillantes y con una destreza que vendría de años puso la gigantesca cabeza, que yo ya conocía, en el centro de su sexo poblado donde sus labios drásticamente separados por la calentura mostraban su entrada palpitante y mojada. Se detuvo un momento como si una vacilación ancestral la detuviera, pero fue solamente el segundo que retiene el deseo para aumentarlo y enseguida la cabeza comenzó a desaparecer en su interior completando el rito deseado.Yo me destruía de calentura mientras observaba la realización de lo que ambas habíamos esperado la noche entera y cuando el tronco moreno de mi hermano desaparecía en las entrañas de mi madre ella emitió un grito que atravesó la pieza, la casa solitaria y el jardín como un testimonio abierto del supremo y prohibido placer.A duras penas podía contener yo mis deseos de abalanzarme sobre ellos, de hacerme participe de su placer y de entregarles el mío que comenzaba a desgranarse en mi sexo mientras rozaba mis muslos y mis pezones con las cortinas ocasionándome los reales orgasmos que siempre había deseado.Los cuerpos unidos se agitaron armoniosamente como buscándose profundidades ignoradas en las cuales ella parecía iniciar una enseñanza que habría de durar semanas y luego se fueron separando lentamente como al final del más prohibido de los bailes.Cuando mi madre, radiante y hermosa con sus entrañas felices abandonó dulcemente su lugar, el mástil aun enhiesto de mi hermano pareció llamarme con autoridad que no quería desobedecer y entonces fui repitiendo la ceremonia con todo mi cuerpo quemado por el deseo.Ahora no hubo preámbulo alguno, no era necesario y tampoco era necesaria la ternura. Él y yo teníamos parte del ritual ya realizado en nuestros encuentros previos de modo que sin darme tiempo siquiera de acomodarme me tomo con una divina violencia que mi hizo estallar de entrada. Me dio vuelta y separando mis muslos me partió sin compasión mientras yo lo incitaba con movimientos rudos a que me convenciera de su superioridad de macho. Yo agitaba mis piernas en el aire mientras él quería hundirse en mí hasta atravesarme. Se dio cuenta que yo era una bestia difícil de calmar y después de probar varias posiciones endemoniadas sentí como explotaba en el fondo de mi en respuesta a las mordidas desesperadas de mi tubo loco y hambriento.Nuestro mutuo río caliente nos quemaba el sexo cuando ella se estrechó a nosotros en un abrazo ardiente y tierno.Sobre la mesa del velador la bandeja intocada del desayuno era el mudo testigo de nuestro maravilloso momento inicial.